de septiembre, tras su entrevista con Kutúzov, el conde Rostopchín había regresado a Moscú mortificado y ofendido por no haber sido invitado al consejo de guerra y porque Kutúzov no había prestado atención a su oferta de tomar parte en la defensa de la ciudad; asombrado también por la nueva perspectiva que se le había revelado en el campamento, la cual trataba la tranquilidad de la capital y su fervor patriótico no solo como asuntos secundarios, sino como cuestiones totalmente irrelevantes e insignificantes. Afligido, ofendido y sorprendido por todo aquello, Rostopchín había regresado a Moscú. Después de cenar se tendió en un sofá sin desvestirse, y poco después de medianoche lo despertó un correo que le traía una carta de Kutúzov. En esta carta se le pedía al conde que enviara oficiales de policía para guiar a las tropas a través de la ciudad, ya que el ejército se retira por el camino de Riazán, más allá de Moscú. Esto no era una novedad para Rostopchín. Sabía que Moscú iba a ser abandonada no solo desde su entrevista del día anterior con Kutúzov en la colina de Poklónnaya, sino desde la batalla de Borodinó, pues todos los generales que llegaron a Moscú tras dicha batalla habían afirmado unánimemente que era imposible librar otro combate; y desde entonces los bienes del gobierno se retiraban todas las noches y la mitad de los habitantes había abandonado la ciudad con el propio permiso de Rostopchín. Aun así, esta noticia asombró e irritó al conde, al presentarse bajo la forma de una simple nota con una orden de Kutúzov, recibida por la noche e interrumpiendo su plácido sueño.
Cuando más tarde, en sus memorias, el