que el gobierno no debe basarse en la autoridad sino en bases firmes. El emperador dijo que el sistema fiscal debe ser reorganizado y las cuentas publicadas», relató Bítski, enfatizando ciertas palabras y abriendo los ojos de manera significativa.
—¡Ah, sí! Los acontecimientos de hoy marcan una época, la época más grande de nuestra historia —concluyó.
El príncipe Andréi escuchó el relato sobre la inauguración del Consejo de Estado, que con tanta impaciencia había aguardado y a la que tanta importancia le había atribuido, y se sorprendió de que este acontecimiento, ahora que se había producido, no le afectara e incluso le pareciera totalmente insignificante.
Escuchó con tranquila ironía el relato entusiasta de Bítski. Se le ocurrió un pensamiento muy sencillo:
«¿Qué nos importa a Bítski o a mí lo que el Emperador haya tenido a bien decir en el Consejo? ¿Puede todo eso hacerme más feliz o mejor persona?».
Y esta sencilla reflexión destruyó de repente todo el interés que el príncipe Andréi había sentido por las reformas que se avecinaban. Aquella tarde iba a cenar en casa de Speránski, «solo con unos pocos amigos», como había dicho el anfitrión al invitarlo. La perspectiva de aquella cena en el círculo íntimo del hombre a quien tanto admiraba le había interesado mucho al príncipe Andréi, sobre todo porque aún no había visto a Speránski en su ambiente doméstico, pero ahora le apetecía muy poco ir.
A la hora fijada, sin embargo, entró en la modesta casa que Speránski poseía en los Jardines de Táurida. En el comedor entarimado de esta pequeña casa, notable por su extrema limpieza (que recordaba a la de un monasterio), el príncipe Andréi, que llegó bastante tarde, encontró reunido