a los ojos de Alejandro. Alejandro escuchó atentamente lo que se le decía y, inclinando la cabeza, sonrió gratamente.
—Al que se ha portado con mayor valentía en esta última guerra —añadió Napoleón, acentuando cada sílaba, mientras con una serenidad y seguridad exasperantes para Rostóv paseaba la mirada por las filas rusas formadas ante él, que presentaban armas con los ojos fijos en su Emperador.
—¿Permite Su Majestad que consulte al coronel? —dijo Alejandro y dio unos pasos apresurados hacia el príncipe Kozlóvski, el comandante del batallón.
Bonaparte mientras tanto comenzó a quitarse el guante de su pequeña mano blanca, lo desgarró al hacerlo y lo arrojó. Un edecán detrás de él se adelantó de un salto y lo recogió.
—¿A quién se le ha de dar? —preguntó el emperador Alejandro a Kozlóvski, en ruso y en voz baja.
“A