alargado de una blancura inusual y peculiar, que acababa de entrar. El reciéntemente llegado vestía un frac azul con una cruz colgada del cuello y una estrella en el lado izquierdo del pecho. Era Speránski. El príncipe Andréi lo reconoció al instante y sintió un vuelco en el interior, como suele suceder en los momentos críticos de la vida. Ya fuera por respeto, envidia o expectación, no lo sabía. Toda la figura de Speránski tenía un tipo peculiar que lo hacía fácilmente reconocible. En la alta sociedad en la que vivía el príncipe Andréi nunca había visto a nadie que, junto con unos gestos torpes y desgarbados, poseyera tanta calma y seguridad en sí mismo; nunca había visto una expresión tan resuelta y a la vez apacible como la de aquellos ojos medio cerrados y algo húmedos, ni una sonrisa tan firme que nada expresaba; tampoco había oído una voz tan refinada, fluida y suave; sobre todo, nunca había visto una blancura tan delicada en el rostro o en las manos, manos que eran anchas, pero muy regordetas, suaves y blancas. Tal blancura y suavidad el príncipe Andréi solo las había visto en los rostros de los soldados que llevaban mucho tiempo en el hospital. Este era Speránski, secretario de Estado, ponente ante el emperador y su compañero en Erfurt, donde se había reunido y conversado más de una vez con Napoleón.
Speránski no apartaba los ojos de un rostro a otro como la gente hace involuntariamente al entrar en una gran compañía y no tenía prisa por hablar. Hablaba lentamente, con la seguridad de que sería escuchado, y miraba únicamente a la persona con la que conversaba.
El príncipe Andréi siguió cada palabra