del ejército que dejaba atrás.
Luego se nos habla de la grandeza de alma de los mariscales, especialmente de Ney, una grandeza de alma que consistía en lo siguiente: en que se abrió paso de noche dando un rodeo por el bosque y a través del Dniéper y escapó a Orshá, abandonando las banderas, la artillería y nueve décimas partes de sus hombres.
Y por último, la partida definitiva del gran Emperador de su heroico ejército nos es presentada por los historiadores como algo grande y característico de un genio. Incluso esa huida final, descrita en el lenguaje común como la más profunda bajeza de la que a todo niño se le enseña a avergonzarse, incluso ese acto halla justificación en el lenguaje de los historiadores.
Cuando es imposible estirar más los hilos, de por sí muy elásticos, del raciocinio histórico, cuando las acciones son claramente contrarias a todo lo que la humanidad llama recto o incluso justo, los historiadores producen un concepto salvador: la «grandeza».
La «grandeza», al parecer, excluye las normas del bien y del mal. Para el hombre «grande» nada es malo, no hay atrocidad de la que se pueda culpar a un hombre «grande».
«¡Es grande!», dicen los historiadores, y ya no existen ni el bien ni el mal, sino únicamente lo «grande» y lo «no grande». Lo grande es bueno, lo no grande es malo. Lo grande es la característica, según su concepción, de unos animales especiales llamados «héroes». Y Napoleón, que regresa a casa en un cálido abrigo de piel y deja perecer a quienes no eran meramente sus camaradas, sino (en su opinión) hombres que él había llevado allí, siente que *c’est