no es el primer pueblo que tenéis que tomar! —exclamó.
—¡Encantados de dar lo mejor de nosotros! —gritaron los soldados.
El caballo del Emperador se sobresaltó ante el grito repentino. Este caballo que había llevado al soberano en las revistas militares en Rusia lo llevaba también aquí, en el campo de Austerlitz, soportando los golpes desatendidos de su pie izquierdo y irguiendo las orejas al sonido de los disparos tal como lo había hecho en el Campo de la Emperatriz, sin comprender el significado de las descargas, ni la cercanía del penco negro del emperador Francisco, ni todo lo que ese día decía, pensaba y sentía su jinete.
El Emperador se volvió con una sonrisa hacia uno de sus acompañantes y le hizo un comentario, señalando a los valientes apsheronianos.
XVI
Kutúzov acompañado por sus ayudantes marchaba al paso detrás de