mal y en pequeña medida; pero he hecho algo al respecto y usted no puede convencerme de que no haya sido una buena acción; y, más aún, no puede hacerme creer que usted mismo no lo piense así. Y lo principal —continuó— es que sé, y sé con certeza, que el gozo de hacer este bien es la única felicidad cierta en
—Sí, si lo planteas así, es una cuestión muy distinta —dijo el príncipe Andréi—. Yo construyo una casa y diseño un jardín, y tú construyes hospitales. Lo uno y lo otro puede servir de pasatiempo. Pero lo que es justo y lo que es bueno debe ser juzgado por quien lo sabe todo, no por nosotros. Bueno, quieres discutir —añadió—, pues venga, empecemos.
Se levantaron de la mesa y se sentaron en el porche de la entrada que servía de galería.
—Ven, vamos a discutir entonces —dijo el príncipe Andréi—. Tú hablas de escuelas —continuó, doblando un dedo—, de educación y demás; es decir, quieres elevarlo a él (señalando a un campesino que pasó junto a ellos quitándose la gorra) de su condición animal y despertar en él necesidades espirituales, mientras que a mí me parece que la felicidad animal es la única felicidad posible, y eso es precisamente de lo que quieres privarle. Yo lo envidio, pero tú quieres convertirlo en lo que soy yo, sin darle mis medios.
Luego tú dices: «aligera su labor». Pero tal como yo lo veo, el trabajo físico le es tan esencial, una condición de su existencia tan primordial, como la actividad mental lo es para ti o para mí. No puedes evitar pensar. Yo me acuesto después de las