cofia y su vestido de terciopelo.
—¡Uh, qué belleza! —exclamó el conde—, ¡es más hermosa que cualquiera de ustedes!
La habría abrazado, pero, sonrojada, se hizo a un lado temiendo arrugarse.
—Mamá, la cofia, más hacia este lado —dijo Natasha—. Yo te la arreglo —y se adelantó tan deprisa que las criadas que le hilvanaban la falda no pudieron apartarse con la suficiente rapidez y se desgarró un trozo de gasa.
«¡Válgame Dios! ¿Qué ha pasado? ¡De verdad que no ha sido culpa mía!»
—No importa, se lo haré a máquina rápidamente, no se notará —dijo Dunyásha.
—¡Qué hermosura, una verdadera reina! —dijo la nodriza al llegar a la puerta—. ¡Y Sóñushka! ¡Son preciosas!
A y cuarto por fin subieron a sus carruajes y se pusieron en marcha. Pero aún tenían que pasar por los jardines Táurida.
Perónskaya estaba completamente lista. A