El conde no emprendió este viaje con alegría; en el fondo sentía miedo. Recordaba bien la última entrevista que había tenido con el viejo príncipe en la época del alistamiento, cuando, en respuesta a una invitación a cenar, había tenido que escuchar una airada reprimenda por no haber aportado su cupo completo de hombres. Natasha, en cambio, habiéndose puesto su mejor vestido, estaba de lo más animada. > «Tienen que quererme —pensaba—. Todo el mundo me ha querido siempre, y tengo tantas ganas de hacer lo que ellos deseen, de tomar cariño a su padre por serlo y a su hermana por serlo, que no hay razón para que no me
Llegaron a la sombrúa y vieja casa de la Vozdvízhenka y entraron en el vestíbulo.
“¡Bueno, el Señor tenga piedad de nosotros!”, dijo el conde, medio en broma, medio en serio; pero Natasha notó que su padre entró turbado en la antesala y preguntó con timidez y voz suave si el príncipe y la princesa estaban en casa.
Cuando los anunciaron, se notó cierta perturbación entre los sirvientes. El lacayo que había ido a anunciarlos fue detenido por otro en el gran salón y se cuchichearon algo. Luego, una criada entró corriendo en el pasillo y dijo algo apresuradamente, mencionando a la princesa. Por fin llegó un lacayo viejo y de aspecto hosco para anunciar a los Rostov que el príncipe no recibía, pero que la princesa les rogaba que subieran. La primera persona que salió al encuentro de los visitantes fue Mademoiselle Bourienne. Saludó al padre y a la hija con especial gentileza y los condujo a la habitación de la princesa. La princesa,