un cuaderno, aquel en el que ahora escribo y en el que en el futuro consignaré todas mis acciones. > > San Petersburgo, 23 de noviembre > > Vuelvo a vivir con mi esposa. Mi suegra vino a verme entre lágrimas y me dijo que Elèn estaba allí y que me suplicaba que la escuchara; que era inocente y desdichada por mi abandono, y mucho más. Sabía que si una vez me permitía verla no tendría fuerzas para seguir negándome a lo que ella quería. En mi perplejidad no sabía de quién buscar ayuda y consejo. De haber estado aquí mi bienhechor, me habría dicho qué hacer. Fui a mi habitación, releí las cartas de Ósip Alekséievich, recordé mis conversaciones con él y deduje de todo ello que no debía rechazar a un suplicante, y que debía tender una mano amiga a todo el mundo —especialmente a alguien tan estrechamente ligado a mí— y que debía cargar con mi cruz. Pero si la perdono por mor de obrar rectamente, que la unión con ella tenga tan solo un fin espiritual. Eso fue lo que decidí, y lo que le escribí a Ósip Alekséievich. Le dije a mi esposa que le rogaba que olvidara el pasado, que me perdonara cualquier ofensa que le hubiera podido hacer, y que yo no tenía nada que perdonar. Me produjo alegría decirle esto. No necesita saber lo difícil que me fue verla de nuevo. Me he instalado en el piso superior de esta gran casa
IX
En aquel tiempo, como siempre sucede, la más alta sociedad que se reunía en la corte y en los grandes bailes estaba dividida en varios círculos, cada uno con su tono particular.