unos en los juguetes, unos en los caballos, unos en la política, unos en el deporte, unos en el vino y unos en los asuntos gubernamentales. «Nada es baladí y nada es importante, todo da igual—con tal de salvarse de ello como uno buenamente pueda», pensaba Pierre. «¡Con tal de no verlo, ese temible ello !».
II
Al principio del invierno, el príncipe Nikolái Andréievich Bolkonski y su hija se trasladaron a Moscú.
Por entonces, el entusiasmo por el régimen del emperador Alejandro había disminuido y allí predominaba una tendencia patriótica y antifrancesa; esto, unido a su pasado, a su intelecto y a su originalidad, convirtió de inmediato al príncipe Nikolái Andréievich en objeto de particular respeto para los moscovitas y en el centro de la oposición moscovita al gobierno.
El príncipe había envejecido mucho aquel año. Presentaba marcados signos de senilidad en su tendencia a quedarse dormido, su olvido de acontecimientos muy recientes, el recuerdo de los remotos y la vanidad infantil con la que aceptaba el papel de líder de la oposición de Moscú. A pesar de esto, el anciano inspiraba en todos los visitantes por igual un sentimiento de respetuosa veneración, sobre todo por las tardes, cuando entraba a tomar el té con su casaca anticuada y su peluca empolvada y, estimulado por cualquiera, contaba sus bruscos relatos del pasado o profería críticas aún más bruscas y mordaces del presente. Para todos ellos, aquella casa anticuada con sus gigantescos espejos, sus muebles prerrevolucionarios, sus lacayos empolvados y el severo y astuto anciano (él mismo una reliquia del siglo pasado) con su amable hija y la bonita francesa que le estaban devotamente consagradas presentaba