de sentido para ella, salvo como prueba de cuán lejos se hallaba ahora de todo lo viviente.
—¿Para qué hablar de mí? —dijo ella en voz baja y miró a Natásha.
Natásha, que sintió su mirada, no la miró. Las tres volvieron a guardar silencio.
—André, ¿te gustaría… —dijo de pronto la princesa Márya con voz temblorosa—, te gustaría ver a Nikolúshka? ¡Siempre está hablando de ti!
El príncipe Andréi sonrió apenas perceptiblemente y por primera vez, pero la princesa Márya, que conocía tan bien su rostro, vio con horror que no sonreía por placer o afecto hacia su hijo, sino con una sonrisa silenciosa y amable de ironía porque creía que ella estaba intentando lo que consideraba el último recurso para despertarlo.
“Sí, me dará mucho gusto verle. ¿Está del todo bien?”
Cuando llevaron al pequeño Nikolúshka a la