él le frunció el ceño con ira, aunque también con sufrimiento en los ojos, y se inclinó, vaso en mano, sobre la criatura.
—Pero yo lo deseo —dijo—. Te lo ruego, ¡dáselo!
La princesa María se encogió de hombros, pero tomó el vaso sumisamente y, llamando a la nodriza, comenzó a darle la medicina.
El niño gritaba con voz ronca.
El príncipe Andréi hizo una mueca y, agarrándose la cabeza, salió y se sentó en un sofá de la habitación contigua.
Aún tenía todas las cartas en la mano. Abriéndolas mecánicamente, se puso a leer. El viejo príncipe, usando abreviaturas de vez en cuando, escribía con su letra grande y alargada en papel azul de la siguiente manera:
Acabo de recibir en este mismo momento por correo extraordinario una noticia muy alegre, si es que no es falsa. Parece