un capote de paño azulado, el cual desentonaba con los demás—. ¿Qué habéis estado tramando? Se espera al comandante en jefe ¿y abandonáis vuestro puesto? ¿Eh? Ya os enseñaré yo a vestir a los hombres con abrigos de fantasía para un desfile... ¿Eh...?
El comandante de la compañía, con los ojos fijos en su superior, apretó dos dedos contra su gorra con una rigidez cada vez mayor, como si en esa presión radicara su única esperanza de salvación.
—Bueno, ¿por qué no hablas? ¿A quién tienes ahí disfrazado de húngaro? —dijo el comandante con una mueca austera.
—Excelencia…
—Bueno, su excelencia, ¿qué? ¡Su excelencia! Pero, ¿y su excelencia? … nadie lo sabe.
—Excelencia, es el oficial Dólokhov, degradado a raso —dijo el capitán en voz baja.
—¿Y bien? ¿Ha sido degradado a mariscal de