robo! Por favor, ¿no se podrían poner guardias aunque solo sea para dejarnos cerrar la tienda?…
Varios tenderos se agolparon alrededor del oficial.
—¡Bah, qué tontería! —dijo uno de ellos, un hombre flaco y de aspecto severo—. Cuando a uno le cortan la cabeza, ¡no llora por el pelo! ¡Llévense lo que quiera cualquiera de ustedes! —Y agitando el brazo enérgicamente, se volvió de lado hacia el oficial.
—Muy bien habla usted, Iván Sidórych —dijo el primer comerciante con enojo—. ¡Pase usted adentro, su señoría!
—¡Habladurías! —gritó el flaco—. En mis tres tiendas de aquí tengo mercancía por valor de cien mil rublos. ¿Se puede salvar cuando el ejército se ha ido? ¡Ah, qué gente! «Contra la fuerza de Dios no hay mano que valga».
—¡Entre, su señoría! —repitió el comerciante, haciendo una reverencia.
El oficial se quedó perplejo y