se fue a su cuarto, se encerró allí y lloró amargamente. Cuando bajó a tomar el té, callado, hosco y con el rostro manchado de lágrimas, todos fingieron no notar nada.
Al día siguiente el Emperador llegó a Moscú, y varios de los siervos domésticos de los Rostov pidieron permiso para ir a verlo. Esa mañana, Pétya tardó mucho en vestirse y en arreglarse el pelo y el cuello de la camisa para parecer un hombre hecho y derecho. Frunció el ceño ante su espejo, gesticuló, se encogió de hombros y finalmente, sin decirle una palabra a nadie, cogió su gorra y salió de la casa por la puerta trasera, intentando pasar desapercibido. Pétya decidió ir directo a donde estaba el Emperador y explicarle francamente a algún gentilhombre de cámara (se imaginaba que el Emperador siempre estaba rodeado de gentiles hombres de cámara) que él, el