se inclinó hacia delante para dejar espacio y miró a su alrededor con una sonrisa. Llevaba, como siempre en las reuniones nocturnas, un vestido a la moda de entonces, muy escotado por delante y por detrás. Su busto, que a Pierre siempre le había parecido de mármol, estaba tan cerca de él que sus ojos miopes no pudieron por menos de percibir el encanto vivo de su cuello y sus hombros, tan cerca de sus labios que le habría bastado con inclinar un poco la cabeza para tocarlos. Era consciente del calor de su cuerpo, del aroma del perfume y del crujido de su corsé al moverse. No veía su belleza marmórea formando un todo completo con su vestido, sino todo el encanto de su cuerpo cubierto tan solo por sus prendas. Y una vez visto esto, no pudo evitar ser consciente de ello, del mismo modo que no podemos renovar una ilusión cuyo engaño ya hemos calado.
—¿Así que no te habías dado cuenta antes de lo hermosa que soy? —parecía decir Elèn.
«¿No habías advertido que soy una mujer? Sí, soy una mujer que puede pertenecer a cualquiera, también a ti», decía su mirada.
Y en aquel momento Pierre sintió que Elèn no sólo podía, sino que debía ser su esposa, y que no podía ser de otra manera.
Lo supo en ese momento tan ciertamente como si hubiera estado de pie ante el altar con ella. Cómo y cuándo sucedería esto no lo sabía, ni siquiera sabía si sería algo bueno (incluso sentía, no sabía por qué, que sería algo malo), pero sabía que ocurriría.
Pierre bajó los ojos, volvió a levantarlos y deseó una vez más verla como