de todo tipo y soldados rusos y austríacos de todas las armas, unos heridos y otros no. Toda esta masa zumbaba y se empujaba en confusión bajo la lúgubre influencia de las balas de cañón que volaban desde las baterías francesas situadas en las alturas de Pratzen.
—¿Dónde está el Emperador? ¿Dónde está Kutúzov? —no cesaba de preguntar Rostóv a todos los que podía detener, pero no obtenía respuesta de nadie.
Por fin, agarrando a un soldado por el cuello de la casaca, lo obligó a responder.
—¡Eh, hermano! ¡Hace tiempo que ya se han pirado todos! —dijo el soldado, riendo por algún motivo y zafándose.
Habiendo dejado a aquel soldado que evidentemente estaba borracho, Rostóv detuvo el caballo del ordenanza o caballerizo de algún personaje importante y comenzó a interrogarlo. El hombre anunció que el zar había sido llevado en carruaje a toda velocidad una hora antes por esa misma carretera y que estaba gravemente herido.
—¡No puede ser! —dijo Rostóv—. Tuvo que ser otro.
—Yo mismo lo vi —respondió el hombre con una sonrisa de burla y suficiencia—. Ya debo de conocer al emperador a estas alturas, después de las veces que lo he visto en Petersburgo. Lo vi tal como los veo a ustedes... Ahí iba sentado en el carruaje, pálido como un difunto. ¡Cómo hacían volar a los cuatro caballos negros! ¡Dios mío, cómo pasaron retumbando! ¡Ya va siendo hora de que conozca a los caballos imperiales y a Iliá Ivánich! ¡No creo que Iliá conduzca a nadie más que al zar!
Rostóv soltó el caballo y se disponía a seguir cabalgando, cuando un oficial herido que pasaba por allí le dirigió la palabra:
—¿A quién busca?