la limpia almohada y mandó a buscar vino.
“Sí, y tengo algo de dinero y una carta para darte”, añadió.
Rostóv tomó la carta y, arrojando el dinero sobre el sofá, apoyó ambos brazos en la mesa y comenzó a leer. Tras leer unas líneas, miró con enojo a Berg y luego, al cruzarse con su mirada, ocultó el rostro tras la carta.
—Bueno, le han mandado una bonita suma —dijo Berg, mirando de hito en hito la pesada bolsa que se hundía en el sofá—. En cuanto a nosotros, conde, nos apañamos con nuestro sueldo. Puedo hablar por mí mismo...
—Oiga, Berg, querido amigo —dijo Rostóv—, cuando usted reciba una carta de casa y se encuentre con alguno de los suyos con quien quiera hablar de todo, y yo dé la casualidad de estar ahí, ¡me iré al momento