la alfombra y comenzó a leerle de un libro manuscrito una explicación de todas las figuras en ella: el sol, la luna, un martillo, una plomada, una paleta, una piedra en bruto y una piedra tallada, una columna, tres ventanas, etcétera. Luego se le asignó un lugar a Pierre, se le mostraron los signos de la Logia, se le dijo la seña y por fin se le permitió sentarse. El Gran Maestre comenzó a leer los estatutos. Eran muy largos y Pierre, por la alegría, la emoción y la confusión, no estaba en condiciones de entender lo que se leía. Logró seguir solo las últimas palabras de los estatutos y estas se grabaron en su mente.
“En nuestros templos no reconocemos otras distinciones —leyó el Gran Maestre—, sino las que existen entre la virtud y el vicio. Cuídate de hacer cualquier distinción que pueda vulnerar la igualdad.
- Acude en ayuda de un hermano quienquiera que sea,
- exhorta al que se extravía,
- levanta al que cae,
- no guardes jamás malicia ni enemistad hacia tu hermano.
Sé benévolo y cortés. Enciende en todos los corazones la llama de la virtud. Comparte tu felicidad con tu prójimo, y que la envidia jamás eclipse la pureza de esa dicha. Perdona a tu enemigo, no te vengues sino haciéndole el bien.
Cumpliendo así la ley suprema, recuperarás vestigios de la antigua dignidad que has perdido”.
Terminó y, levantándose, abrazó y besó a Pierre, quien, con lágrimas de dicha en los ojos, miraba a su alrededor, sin saber cómo responder a las felicitaciones y saludos de los conocidos que le salían al encuentro por todas partes. No reconocía a ningún conocido, sino que veía en