por el galope y la emoción. En el mismo instante Natásha, sin tomar aliento, gritó alegre, extasiada y con tanta agudeza que a todos les rechinaron los oídos. Con ese grito expresó lo que los demás expresaban hablando todos a la vez, y fue tan extraño que ella misma debió avergonzarse de un grito tan salvaje y cualquier otro se habría asombrado de él en cualquier otro momento. El propio «Tío» lió la liebre, la echó con pulcritud y destreza sobre el lomo de su caballo como si con ese gesto quisiera reprender a todos, y, con aire de no querer hablar con nadie, montó en su bayo y se alejó. Los demás le siguieron, desanimados y avergonzados, y solo mucho más tarde pudieron recuperar su anterior afectación de indiferencia. Durante mucho tiempo continuaron mirando al rojo Rugáy que, con el lomo arqueado salpicado de barro y haciendo tintinear la argolla de su correa, caminaba justo detrás del caballo del «Tío» con el aire sereno de un conquistador.
“Bueno, yo soy como cualquier otro perro siempre que no se trate de la caza de liebres. ¡Pero cuando es así, cuidado!”, parecía decir su aspecto a Nikoláy.
Cuando, mucho más tarde, el «tío» se acercó a Nikoláy a caballo y empezó a hablarle, este se sintió halagado de que, después de lo ocurrido, el «tío» se dignara a dirigirle la palabra.
VII
Hacia el anochecer, Ilágin se despidió de Nikoláy, quien constató que estaban tan lejos de casa que aceptó la oferta del «Tío» de que la partida de caza pasara la noche en su pequeña aldea de Mikháylovna.
—Y si se aloja en mi casa, será mucho mejor todavía. ¡Eso es, vamos! —dijo el