la cartera y comenzó a metersela descuidadamente en el bolsillo de sus pantalones de montar, con las cejas levantadas y la boca ligeramente abierta, como diciendo: «Sí, sí, me estoy guardando la cartera en el bolsillo y eso es de lo más sencillo y no le importa a nadie más».
—¿Y bien, joven? —dijo con un suspiro, y de bajo de sus cejas levantadas miró a los ojos de Rostov.
Un destello como el de una chispa eléctrica saltó de los ojos de Teliánin a los de Rostov y de vuelta, y de vuelta otra y otra vez en un instante.
—Ven acá —dijo Rostóv, agarrando a Telyánin del brazo y arrastrándolo casi hasta la ventana—. Ese dinero es de Denísov; lo cogiste tú… —susurró justo al oído de Telyánin.
—¿Qué? ¿Qué? ¿Cómo se