el golpe, la mirada de silencioso y tímido reproche que el muchacho del abrigo forrado de piel le había dirigido. > “Pero no lo hice por mi propio bien. Estaba obligado a actuar así... La chusma, el traidor... el bienestar público”,
Las tropas aún se agolpaban en el puente del Yaúza. Hacía calor. Kutúzov, abatido y con el ceño fruncido, estaba sentado en un banco junto al puente jugando con su fusta en la arena, cuando una calesa llegó a toda prisa haciendo mucho ruido.
Un hombre con uniforme de general y plumas en el sombrero se acercó a Kutúzov y le dijo algo en francés. Era el conde Rostopchín. Le dijo a Kutúzov que había venido porque Moscú, la capital, ya no existía y solo quedaba el ejército.
—Las cosas habrían sido distintas si vuestra Alteza Serenísima no me hubiera dicho que no abandonaría Moscú sin dar otra batalla; todo esto no habría sucedido —dijo.
Kutúzov miró a Rostopchín como si, sin comprender lo que se le decía, intentara leer algo peculiar escrito en ese momento en el rostro del hombre que le hablaba. Rostopchín se confundió y enmudeció. Kutúzov sacudió ligeramente la cabeza y, sin apartar su penetrante mirada del rostro de Rostopchín, murmuró en voz baja:
“¡No! ¡No entregaré Moscú sin dar batalla!”
Ya estuviera pensando Kutúzov en algo totalmente distinto cuando pronunció aquellas palabras, o las dijera a propósito sabiendo que carecían de sentido, lo cierto es que Rostopchín no respondió y se marchó apresuradamente. Y, cosa extraña, el gobernador de Moscú, el orgulloso conde Rostopchín, tomó un látigo de cosaco y se fue al puente, donde comenzó a arrear a gritos los carros que bloqueaban el