presentimiento de desastre, se había quedado en casa en contra de su voluntad. No había dormido y había bajado de puntillas, y al llegar a la puerta del invernadero donde él dormía esa noche, había escuchado junto a ella. Con voz dolorida y cansada le decía algo a Tíkhon, hablando de Crimea, de sus noches cálidas y de la emperatriz. Evidentemente, había querido hablar. “¿Y por qué no me llamó? ¿Por qué no me dejó estar a mí en lugar de Tíkhon?”, pensó la princesa María, y volvió a pensarlo ahora. “Ahora jamás le dirá a nadie lo que tenía en el alma. Nunca volverá ese momento, ni para él ni para mí, en el que podría haber dicho todo lo que anhelaba decir, y en el que yo, y no Tíkhon, le habría escuchado y comprendido. ¿Por qué no entraría en la habitación?”, pensó. “Quizás entonces me habría dicho lo que dijo el día de su muerte. Mientras hablaba con Tíkhon preguntó por mí dos veces. Quería verme, y yo estaba muy cerca, al otro lado de la puerta. Era triste y doloroso para él hablar con Tíkhon, que no lo comprendía. Recuerdo cómo empezó a hablarle de Liza como si estuviera viva —había olvidado que había muerto— y Tíkhon le recordó que ya no existía, y él gritó: ‘¡Tonto!’. Estaba muy deprimido. Desde detrás de la puerta oí cómo se acostaba en la cama gimiendo y exclamaba en voz alta: ‘¡Dios mío!’. ¿Por qué no entraría entonces? ¿Qué me habría podido hacer? ¿Qué habría podido perder? Y quizás entonces se habría consolado y me habría dicho esa palabra”. Y la princesa María pronunció en voz alta la palabra cariñosa
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I. 1812
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