de la vida y, con pasos rápidos, siguió a la criada, la adelantó y salió al Povarskóy. Toda la calle estaba llena de nubes de humo negro. Lenguas de llama brotaban aquí y allá a través de esa nube. Una gran cantidad de gente se agolpaba frente al incendio. En medio de la calle se encontraba un general francés que decía algo a los que lo rodeaban. Pierre, acompañado por la criada, avanzaba hacia el lugar donde estaba el general, pero los soldados franceses lo detuvieron.
«¡No pasarán!», gritó una voz.
—Por aquí, tío —exclamó la niña—. ¡Pasaremos por la callejuela, junto a la casa de los Nikulin!
Pierre se volvió, dando algún brinco de vez en cuando para seguirle el paso. Ella cruzó corriendo la calle, dobló por una bocacalle a la izquierda y, tras pasar tres casas, se