Dios, ¿qué dirá Rusia, nuestra madrecita Rusia, de que estemos tan aterrorizados, y por qué abandonamos nuestra buena y valerosa patria a tal chusma e inculcamos sentimientos de odio y vergüenza en todos nuestros súbditos? ¿De qué nos asustamos y a quién le tememos? Yo no tengo la culpa de que el ministro sea vacilante, cobarde, obtuso, moroso y tenga todas las malas cualidades. Todo el
VI
Entre las innumerables categorías aplicables a los fenómenos de la vida humana, es posible distinguir entre aquellas en las que prevalece la sustancia y aquellas en las que prevalece la forma. A estas últimas —en contraste con la vida de los pueblos, del campo, de provincias o incluso de Moscú— podemos adscribir la vida de Petersburgo, y en especial la de sus salones. Esa vida de los salones es inmutable. Desde el año 1805 habíamos hecho la paz y nos habíamos vuelto a pelear con Bonaparte, habíamos promulgado constituciones y las habíamos derogado de nuevo, pero los salones de Anna Pávlovna y de Elèn seguían siendo exactamente iguales que siete y cinco años atrás, respectivamente. En el de Anna Pávlovna se hablaba con perplejidad de los éxitos de Bonaparte, tal como antes, y se veía en ellos y en la sumisión que le mostraban los soberanos europeos una malévola conspiración cuyo único objeto era causar disgustos y zozobras al círculo cortesano del que Anna Pávlovna era representante. Y en el salón de Elèn, al que el propio Rumyántsev honraba con sus visitas por considerar a Elèn una mujer extraordinariamente inteligente, se hablaba en 1812 con el mismo arrobamiento que en 1808 de la «gran nación» y del «gran hombre», y se lamentaba nuestra ruptura con