miraba fijamente ante sí con los ojos muy abiertos. Se había despertado de un sueño terrible. Había soñado que él y el tío Pierre, con cascos como los que se representaban en su Plutarco, estaban al mando de un enorme ejército. El ejército estaba formado por líneas blancas inclinadas que llenaban el aire como las telarañas que flotan en otoño y que Dessalles llamaba les fils de la Vièrge. Al frente iba la Gloria, que era semejante a aquellos hilos pero algo más gruesa. A él y a Pierre los arrastraban ligera y gozosamente, cada vez más cerca de su meta. De repente, los hilos que los movían empezaron a aflojarse y a enredarse, y se volvió difícil avanzar. Y el tío Nikoláy se paró ante ellos con una actitud severa y amenazante.
—¿Has hecho esto? —dijo, señalando unos lacres rotos y