de vida con toda su alma, y por esa misma razón había comprendido y asimilado la única manera y forma de cultivar que daba buenos resultados.
La condesa María tenía celos de esta pasión de su marido y lamentaba no poder compartirla; pero no alcanzaba a comprender los gozos y las tribulaciones que él obtenía de aquel mundo, para ella tan lejano y ajeno.
No podía entender por qué él se mostraba tan particularmente animado y feliz cuando, tras levantarse al romper el alba y pasarse toda la mañana en los campos o en la era, regresaba de la siembra, la siega o la recolección para tomar el té con ella.
No entendía por qué hablaba con tanta admiración y deleite de las labores agrícolas del ahorrativo y próspero campesino Matvéy Ermíshin, quien junto con su familia había acarreado grano toda la noche; o del hecho de que las gavillas de él (las de Nikoláy) ya estuvieran amontonadas antes de que ningún otro hubiera recogido su cosecha.
No comprendía por qué él salía de la ventana a la galería y sonreía bajo su bigote y guiñaba los ojos con tanta alegría, cuando una lluvia cálida y constante comenzaba a caer sobre los brotes secos y sedientos de la avena joven, o por qué, cuando el viento se llevaba una nube amenazadora durante la siega del heno, él regresaba del granero, sofocado, tostado por el sol y sudoroso, con olor a ajenjo y genciana en el cabello y, frotándose las manos alegremente, decía:
«Bueno, un día más y mi grano y el de los campesinos estará todo a buen recaudo».
Menos aún comprendía por qué él, bondadoso y siempre dispuesto a adelantarse a sus deseos, se ponía casi