lo que le pidió a Pierre que le dijera a su cuñado de su parte que abandonara Moscú y que no se atreviera a dejarse ver nunca más. Pierre —quien solo en ese momento comprendió el peligro que corrían el viejo conde, Nikolái y el príncipe Andréi— prometió hacer lo que ella deseaba. Tras explicarle sus deseos de manera breve y exacta, ella lo dejó marchar hacia la sala.
“Cuidado, el conde no sabe nada. Pórtese usted también como si no supiera nada”, dijo.
“¡Y yo iré a decirle que es inútil esperarle! ¡Y quédese a cenar si le apetece!”, le gritó a Pierre.
Pierre se encontró con el viejo conde, quien parecía nervioso y disgustado. Aquella mañana Natásha le había dicho que había rechazado a Bolkónski.
—¡Disgustos, disgustos, querido amigo! —le dijo a Pierre—. ¡Qué de disgustos tiene uno con estas muchachas sin su madre! Lamento tanto haber venido aquí… Le hablaré con franqueza. ¿Se ha enterado de que ha roto su compromiso sin consultarlo con nadie? Es verdad que este compromiso nunca fue mucho de mi agrado. Por supuesto, él es un hombre excelente, pero aun así, con la desaprobación de su padre no habrían sido felices, y a Natásha no le faltarán pretendientes. Aun así, ya duraba tanto, ¡y tomar una medida semejante sin el consentimiento del padre ni de la madre! Y ahora está enferma, ¡y Dios sabe qué más! Es difícil, conde, es difícil criar a las hijas en ausencia de su madre…
Pierre vio que el conde estaba muy afligido y trató de cambiar de tema, pero el conde volvió a sus preocupaciones.
Sónya entró en la habitación con