a notar. ¡Fr... fr... fr! ¿Y acaso no veo que ese idiota solo tenía ojos para Bourienne? Tendré que deshacerme de ella. ¿Y cómo es que no tiene bastante orgullo para darse cuenta? ¡Si no tiene orgullo por ella misma, al menos podría tenerlo por mí! Hay que demostrarle que ese tonto no da un duro por ella y solo mira a Bourienne. No, no tiene orgullo... pero ya se lo haré ver...”.
El viejo príncipe sabía que si le decía a su hija que estaba cometiendo un error y que Anatole tenía la intención de coquetear con mademoiselle Bourienne, la autoestima de la princesa María se vería herida y se saldría con la suya (la de no separarse de ella), así que, calmándose con este pensamiento, llamó a Tíkhon y comenzó a desvestirse.
«¿Qué demonio los ha traído aquí?», pensó, mientras Tíkhon le pasaba la camisa de dormir por su cuerpo viejo y ajado y por su pecho canoso. «Yo nunca los invité. Han venido a perturbar mi vida... y ya me queda muy poca».
—¡Que se los lleve el diablo! —murmuró, mientras su cabeza aún seguía cubierta por la camisa.
Tíkhon conocía la costumbre de su amo de pensar a veces en voz alta, y por eso recibió con rostro inalterado la expresión airadamente inquisitiva de la cara que asomaba por la camisa.
—¿Se ha acostado? —preguntó el príncipe.
Tíkhon, como todo buen ayuda de cámara, adivinaba instintivamente el curso de los pensamientos de su amo. Adivinó que la pregunta se refería al príncipe Vasíli y a su hijo.
—Ya se han acostado y han apagado las luces, excelencia.
«No sirve… no sirve…», decía con rapidez el príncipe, y