había armado con sables y dagas, con los pantalones metidos por dentro de las botas altas y con los cinturones y los ceñidores apretados, se despedían de los que se quedaban.
Como siempre ocurre en una partida, muchas cosas se habían olvidado o colocado en el lugar equivocado, y durante mucho tiempo dos criados permanecieron de pie, uno a cada lado de la puerta abierta y de los estribos del carruaje, esperando para ayudar a subir a la condesa, mientras las Doncellas corrían con cojines y bultos de la casa a los carruajes, a la calesa, al faetón y de vuelta.
—¡Siempre se olvidarán de todo! —dijo la condesa—. ¿No sabes que no puedo sentarme así?
Y Dunyásha, con los dientes apretados, sin responder pero con cara de ofendida, subió apresuradamente al coche de caballos para arreglar el asiento.
«¡Oh,