armenia compuesta por un anciano de tipo oriental muy apuesto, que vestía un abrigo nuevo de piel de oveja forrado de tela y botas nuevas, una anciana del mismo tipo y una joven. Aquella jovencísima mujer le pareció a Pierre la perfección de la belleza oriental, con sus cejas negras, arqueadas y de trazo nítido, y el color extraordinariamente suave y luminoso de su rostro largo, hermoso e inexpresivo. En medio de los bienes esparcidos y de la multitud en aquel espacio abierto, ella, con su rico abrigo de satén y un mantón de color lila brillante en la cabeza, recordaba a una delicada planta exótica arrojada sobre la nieve. Estaba sentada sobre unos bultos un poco más atrás de la anciana, y miraba el suelo ante sí desde debajo de sus largas pestañas, con ojos grandes, almendrados e inmóviles. Evidentemente, era consciente de su hermosura y sentía miedo por ello. Su rostro impresionó a Pierre y, mientras se apresuraba a lo largo de la cerca, se volvió varias veces para mirarla. Cuando hubo llegado a la cerca, todavía sin encontrar a los que buscaba, se detuvo y miró a su alrededor.
Con el niño en brazos, su figura era ahora más llamativa que antes, y un grupo de rusos, tanto hombres como mujeres, se congregó a su alrededor.
—¿Ha perdido a alguien, querido amigo? Usted mismo es de la nobleza, ¿no es así? ¿De quién es el hijo? —le preguntaron.
Pierre respondió que el niño pertenecía a una mujer con abrigo negro que había estado sentada allí con sus otros hijos, y preguntó si alguien sabía a dónde había ido.
—Vaya, esos deben de ser los Anfiórov —dijo un viejo