ya que ni siquiera sabía que había llegado.
—Él escribe sobre esta guerra —dijo el príncipe con la sonrisa irónica que se le había vuelto habitual al hablar de la guerra actual.
—Eso debe ser muy interesante —dijo Dessalles—. El príncipe Andréi está en una situación que le permite saber...
—¡Oh, muy interesante! —dijo mademoiselle Bourienne.
—Vaya a traérmelo —le dijo el viejo príncipe a mademoiselle Bourienne—. Ya sabe... debajo del pisapapeles, en la mesita.
Mademoiselle Bourienne se levantó de un salto, llena de entusiasmo.
—¡No, no lo hagas! —exclamó con el seño fruncido—. Ve tú, Mijaíl Ivánovich.
Mijáil Ivánovich se levantó y fue al estudio. Pero tan pronto como hubo salido de la habitación, el viejo príncipe, mirando con inquietud a su alrededor, tiró la servilleta y fue él mismo.
“No saben hacer nada… siempre lo enredan todo”, murmuró.
Mientras