Lavrúshka de que el transporte iba sin escolta, Denísov con sus húsares se había apoderado de él por la fuerza. A los soldados se les repartieron bizcochos sin restricción, y hasta los compartieron con los demás escuadrones.
Al día siguiente, el comandante del regimiento mandó llamar a Denísov y, separando los dedos ante sus ojos, dijo:
“Así es como veo yo este asunto: no sé nada al respecto y no iniciaré trámites, pero le aconsejo que se acerque al estado mayor y resuelva el asunto allí en el departamento de comisaría y, de ser posible, firme un recibo por tales o cuales suministros recibidos. Si no, como la demanda fue cargada a un regimiento de infantería, se armará un lío y el asunto puede acabar mal”.
Del comandante de regimiento, Denísov fue directo al estado mayor con el sincero deseo de seguir este consejo.
Por la noche regresó a su refugio en un estado en el que Rostóv nunca lo había visto hasta entonces. Denísov no podía hablar y le faltaba el aliento. Cuando Rostóv le preguntó qué le pasaba, solo pronunció algunos insultos y amenazas incoherentes con voz ronca y débil.
Alarmado por el estado de Denísov, Rostóv le sugirió que se desnudara, bebiera un poco de agua y mandara llamar al médico.
—Juzguenme por wobobo… ¡oh! Un poco más de agua… ¡Que me juzguen, pero siempre le metewé una paliza a los canallas… y se lo contewé al Empewadod… Hielo… —murmuró.
El médico del regimiento, al venir, dijo que era absolutamente necesario sangrar a Denísov. Le extrajeron un plato hondo de sangre negra de su brazo velludo y solo entonces pudo relatar lo que le había sucedido.