mantener su posición dignamente.
—Sin embargo, no quiere usted aprovecharse del privilegio, príncipe —dijo Speránski, indicando con una sonrisa que deseaba terminar amablemente una discusión que resultaba embarazosa para su interlocutor.
—Si me hace el honor de visitarme el miércoles —añadió—, le diré, después de hablar con Magnitski, lo que pueda interesarle, y también tendré el gusto de charlar con usted más detenidamente.
Cerrando los ojos, hizo una reverencia à la française, sin despedirse, y tratando de llamar la atención lo menos posible, salió de la habitación.
VI
Durante las primeras semanas de su estancia en Petersburgo, el príncipe Andréi sintió que toda la línea de pensamiento que se había forjado durante su vida de reclusión quedaba completamente eclipsada por los triviales cuidados que lo absorbían en esa ciudad.
Al volver a casa por la noche, apuntaba en su libreta cuatro