había estado el rostro de Pierre antes de sentarse. Anna Mijáilovna indicó con su actitud que era consciente de la patética importancia de estos últimos momentos de encuentro entre el padre y el hijo.
Esto duró unos dos minutos, que a Pierre le parecieron una hora. De repente, los anchos músculos y las líneas del rostro del conde empezaron a contraerse.
Las contracciones aumentaron, la hermosa boca se torció hacia un lado (solo entonces se dio cuenta Pierre de lo cerca que estaba su muerte) y de aquella boca distorsionada salió un sonido sordo y ronco.
Anna Mijáilovna miró atentamente los ojos del enfermo, intentando adivinar lo que quería; señaló primero a Pierre, luego a una bebida, después pronunció el nombre del príncipe Vasili en un susurro interrogativo y, por último, señaló la colcha.
Los ojos y el rostro del enfermo mostraron impaciencia. Hizo un esfuerzo para mirar al criado que permanecía constantemente a la cabecera de la cama.
“Quiere volverse del otro lado”, susurró el sirviente, y se levantó para volver el pesado cuerpo del conde hacia la pared.
Pierre se levantó para ayudarlo.
Mientras lo giraban, uno de sus brazos cayó hacia atrás sin vida e hizo un esfuerzo infructuoso por traerlo hacia adelante. Ya fuera que notara la mirada de terror con que Pierre contemplaba aquel brazo inerte, o que algún otro pensamiento cruzara por su mente moribunda, lo cierto es que miró el brazo rebelde, el rostro aterrorizado de Pierre y de nuevo el brazo, y en su rostro apareció una débil y lastimera sonrisa, de todo punto ajena a sus facciones, que parecía burlarse de su propia