expresión de deleite ante su belleza, la miraba de vez en cuando a la cara mientras exponía su opinión sobre el tema. Elèn, con una sonrisa inquieta, miraba sus rizos y sus mejillas regordizas, bien afeitadas y negruzcas, y esperaba a cada instante que la conversación tomara un nuevo rumbo. Pero el abate, aunque evidentemente disfrutaba de la belleza de su acompañante, estaba absorto en su dominio del asunto.
El desarrollo de los argumentos del Padre Confesor fue el siguiente:
«Ignorante de la trascendencia de lo que emprendías, hiciste voto de fidelidad conyugal a un hombre que, por su parte, al contraer matrimonio sin fe en el sentido religioso del mismo, cometió un acto de sacrilegio. A aquel matrimonio le faltó la doble significación que debió haber tenido. No obstante, a pesar de esto, tu voto era vinculante. Te apartaste de él. Al obrar así, ¿qué cometiste? ¿Un pecado venial o mortal? Un pecado venial, pues actuaste sin mala intención. Si ahora volvieras a casarte con el fin de tener hijos, tu pecado podría ser perdonado. Pero la cuestión vuelve a ser doble: en primer lugar …»
Pero de pronto Elèn, que se estaba aburriendo, dijo con una de sus encantadoras sonrisas:
«Pero creo que, habiendo abrazado la verdadera religión, no puedo estar atada por lo que una falsa religión me impuso».
El director de su conciencia se quedó asombrado de que le presentaran el caso de este modo, con la simplicidad del huevo de Colón. Estaba encantado con la rapidez inesperada de los progresos de su discípula, pero no pudo abandonar el edificio de argumentos que con tanto esfuerzo había construido.
—Comprendámonos, condesa —dijo con una sonrisa, y comenzó a