su rostro mostraba indecisión.
—¡No es asunto mío! —exclamó, y siguió caminando a grandes zancadas por uno de los pasillos.
De una tienda abierta procedían sonidos de golpes e insultos, y justo cuando el oficial se acercaba, un hombre con abrigo gris y la cabeza rapada fue arrojado violentamente hacia afuera.
Este hombre, encorvado por la mitad, pasó corriendo junto al comerciante y el oficial. El oficial se abalanzó sobre los soldados que estaban en las tiendas, pero en ese momento unos gritos espantosos les llegaron desde la enorme multitud en el puente del Moscová y el oficial salió corriendo a la plaza.
—¿Qué es? ¿Qué es? —preguntó él, pero su camarada ya iba galopando más allá de Basilio el Beato en dirección de donde provenían los gritos.
El oficial montó a caballo y fue tras él. Al llegar al puente vio dos cañones desentablerados, la infantería cruzando el puente, varios carros volcados y rostros asustados y risueños entre las tropas. Junto al cañón había un carro al que estaban atados dos caballos. Cuatro lebreles con collar se apretaban contra las ruedas. El carro iba muy cargado y en lo más alto, junto a la sillita de un niño con las patas hacia arriba, iba sentada una campesina que lanzaba gritos penetrantes y desesperados. Sus compañeros oficiales le contaron que los gritos de la multitud y los alaridos de la mujer se debían a que el general Ermólov, al acercarse a la muchedumbre y enterarse de que los soldados se dispersaban por las tiendas mientras multitudes de civiles bloqueaban el puente, había ordenado desentablerar dos cañones y amagar con disparar hacia el puente. La multitud, atropellándose, volcando carros, gritando y apretándose