silenciosamente en los labios y se apresuró a marchar.
Después de los sufrimientos que venía soportando, el príncipe Andréi experimentó un sentimiento de beatitud como no había conocido desde hacía mucho tiempo. Todos los momentos mejores y más felices de su vida —especialmente los de su primera infancia, cuando lo desnudaban y lo acostaban, y su nodriza se inclinaba sobre él cantándole para que se durmiera y él, hundiendo la cabeza en la almohada, se sentía feliz con la mera conciencia de la vida— volvieron a su memoria, no ya como algo pasado, sino como algo presente.
Los médicos estaban muy ocupados con el herido, cuya forma de la cabeza le pareció familiar al príncipe Andrei: lo estaban levantando y tratando de calmarlo.
—Ensúchaselo. … Oh, oh… ¡Oh! ¡Oh, oh! —se escuchaban sus gemidos asustados, apagados por el sufrimiento y quebrados