todo como hijo legítimo.
—¿Y nuestra parte? —preguntó la princesa con una sonrisa irónica, como si pudiera suceder cualquier cosa, menos eso.
—Pero, mi pobre Catiche, ¡es más claro que el día! Él será entonces el heredero legal de todo y tú no obtendrás nada. Debes saber, querida, si el testamento y la carta fueron escritos, y si han sido destruidos o no. Y si de algún modo se han pasado por alto, debes saber dónde están, y tienes que encontrarlos, porque...
—¿Y qué sigue? —le interrumpió la princesa, con una sonrisa sardónica y sin cambiar la expresión de su mirada—. Soy mujer, y usted cree que todas somos estúpidas; pero sé una cosa: un hijo ilegítimo no puede heredar… ¡un bâtard! —añadió, como si supusiera que esa traducción de la palabra demostraría de forma concluyente al príncipe Vasíli la invalidez de su argumento.
—¡Vaya, de verdad, Kátish! ¡No puedes comprenderlo! Eres tan inteligente, ¿cómo es posible que no veas que si el conde le ha escrito una carta al emperador rogándole que reconozca a Pierre como legítimo, de ello se deduce que Pierre ya no será Pierre, sino que se convertirá en el conde Bezúkhov, y entonces lo heredará todo en virtud del testamento? Y si el testamento y la carta no son destruidos, ¡entonces no te quedará más que el consuelo de haber cumplido con tu deber et tout ce qui s’ensuit! Eso es indudable.
—Sé que el testamento fue hecho, pero también sé que es inválido; y usted, mon cousin, parece tenerme por una perfecta tonta —dijo la princesa con la expresión que adoptan las mujeres cuando