de parecer ridículo— que había estado esperando a los boyardos tanto tiempo en vano: que en Moscú quedaban turbas borrachas, pero nadie más. Unos decían que había que juntar como fuera una diputación de algún tipo; otros disputaban esa opinión y sostenían que primero debía prepararse al Emperador con cuidado y habilidad, y luego decirle la verdad.
“Habrá que decírselo, de todos modos”, dijeron algunos caballeros del séquito. “Pero, señores …”
La situación era tanto más incómoda cuanto que el emperador, meditando en sus magnánimos planes, paseaba pacientemente de un lado a otro ante el mapa desplegado, mirando de vez en cuando hacia el camino de Moscú bajo su mano levantada con una brillante y orgullosa sonrisa.
“Pero es imposible…” declararon los caballeros del séquito, encogiéndose de hombros pero sin atreverse a pronunciar la palabra implícita: el ridículo…
Por fin