servido, consideraba al joven príncipe Drubetskói un hombre de un valor incalculable.
En el alto mando había dos partidos claramente definidos: el de Kutúzov y el de Bennigsen, el jefe de estado mayor. Borís pertenecía a este último y nadie como él, a la vez que mostraba un respeto servil hacia Kutúzov, sabía dar la impresión de que el viejo no servía para gran cosa y de que Bennigsen lo manejaba todo.
Ahora había llegado el momento decisivo de la batalla en el que Kutúzov sería aniquilado y el poder pasaría a manos de Bennigsen, o incluso si Kutúzov ganaba la batalla, se daría por sentado que todo lo había hecho Bennigsen. En cualquier caso, habría que conceder muchas grandes recompensas por la acción del día siguiente y surgirían hombres nuevos. Por eso Borís estuvo lleno de una animada tensión durante todo el día.
Después de Kaisárov, otros conocidos de Pierre se le acercaron, y él no tuvo tiempo de responder a todas las preguntas sobre Moscú que le llovían ni de escuchar todo lo que le contaban.
Los rostros expresaban animación y aprensión, pero a Pierre le parecía que la causa de la emoción que se manifestaba en algunos de ellos residía principalmente en cuestiones de éxito personal; su espíritu, sin embargo, estaba ocupado por la expresión diferente que veía en otros rostros, una expresión que no hablaba de asuntos personales, sino de las cuestiones universales de la vida y de la muerte.
Kutúzov advirtió la figura de Pierre y el grupo reunido a su alrededor.
—Llamadlo ante mí —dijo Kutúzov.
Un ayudante le comunicó a Pierre el deseo de Su Alteza Serenísima, y Pierre se dirigió hacia el banco de