de profunda emoción.
“¡Ah, qué raza tan loca son ustedes, los Rostóv!”, murmuró, y Rostóv notó lágrimas en sus ojos.
XVI
En abril, las tropas se animaron con la noticia de la llegada del Emperador, pero Rostóv no tuvo oportunidad de asistir a la revista que este pasó en Bartenstein, ya que los Pávlograd se encontraban en los puestos avanzados, muy lejos de allí.
Estaban acampados. Denísov y Rostóv vivían en una cabaña excavada para ellos por los soldados y techada con ramas y césped. La cabaña estaba hecha de la manera siguiente, que por entonces se había puesto de moda: se cavaba una trinchera de tres pies y medio de ancho, cuatro pies y ocho pulgadas de profundidad, y ocho pies de largo. En un extremo de la trinchera se tallaban unos escalones que formaban la entrada y el vestíbulo. La trinchera misma era la habitación en la que los afortunados, como el comandante de escuadrón, tenían una tabla apoyada sobre estacas en el extremo opuesto a la entrada para que hiciera de mesa. A cada lado de la trinchera se excavaba la tierra hasta una anchura de unos dos pies y medio, y esto servía de camas y sofás. El techo estaba construido de tal manera que uno podía ponerse de pie en medio de la trinchera e incluso sentarse en las camas si se acercaba a la mesa. Denísov, que vivía con lujo porque los soldados de su escuadrón lo querían, tenía además una tabla en el techo del fondo con un trozo de vidrio (roto pero reparado) que hacía las veces de ventana. Cuando hacía mucho frío, se colocaban las brasas de la fogata de