venido a la cabeza, y ahora que lo hacían, ya no obraban en él con ni conde cerca la fuerza de antes. También para Denísov los recuerdos despertados por el nombre de Bolkonski pertenecían a un pasado lejano y romántico, cuando después de cenar y de que Natásha cantara, le había pedido matrimonio a una chiquilla de quince años sin darse cuenta de lo que hacía. Sonrió al recordar aquel tiempo y su amor por Natásha, y pasó de inmediato a lo que ahora le interesaba de manera apasionada y exclusiva. Se trataba de un plan de campaña que había ideado mientras servía en los puestos avanzados durante la retirada. Le había propuesto ese plan a Barclay de Tolly y ahora deseaba proponérselo a Kutúzov. El plan se basaba en el hecho de que la línea de operaciones francesa era demasiado extensa y proponía que, en lugar de actuar en el frente para bloquear el avance de los franceses, o simultáneamente a ello, atacáramos su línea de comunicaciones. Empezó a explicarle su plan al príncipe Andréy.
«No pueden sostener toda esa línea. Es imposible. Yo me encargaré de womper el frente. ¡Dame quinientos hombwes y wompowé el frente, eso es seguro! ¡Solo hay un modo: la guewilla!».
Denísov se levantó y comenzó a gesticular mientras le explicaba su plan a Bolkónski. En plena explicación se oyeron gritos procedentes del ejército, cada vez más incoherentes y dispersos, que se mezclaban con música y canciones y venían del campo donde se había celebrado la revista. Los ruidos de cascos y gritos se acercaban al pueblo.
“¡Ya viene! ¡Ya viene!”, gritó un cosaco de pie en la puerta.
Bolkónski y Denísov se acercaron a