como aquí…” prosiguió, volviendo al tema de los “consejeros” que evidentemente lo ocupaba. “¡Ah, esos consejeros!”, dijo. “Si les hubiéramos hecho caso a todos, no habríamos hecho la paz con Turquía ni habríamos terminado con aquella guerra. Todo con prisa, pero vísteme despacio que tengo prisa. Kámenski se habría perdido si no llega a morir. Asaltaba fortalezas con treinta mil hombres. No es difícil tomar una fortaleza, pero es difícil ganar una campaña. Para eso no hacen falta asaltos ni ataques, sino paciencia y tiempo. ¡Kámenski mandó soldados a Rustchuk, pero yo solo empleé esas dos cosas, tomé más fortalezas que Kámenski y los hice comer carne de caballo a los turcos!” Movió la cabeza de lado a lado. “Y los franceses también la comerán, créeme”, prosiguió, animándose y dándose golpes en el pecho, “¡haré que coman carne de caballo!”. Y las lágrimas volvieron a empañar sus ojos.
—¿Pero acaso no tendremos que aceptar el combate? —observó el príncipe Andréi.
—Lo haremos si todo el mundo lo quiere; no hay más remedio... Pero créeme, querido muchacho, no hay nada más fuerte que esos dos: la paciencia y el tiempo; ellos lo hacen todo. Mais les conseillers n’entendent pas de cette oreille, voilà le mal. Unos quieren una cosa, otros no. ¿Qué se va a hacer? —preguntó, esperando evidentemente una respuesta—. Bien, ¿qué quieres que hagamos? —repitió, y su mirada brilló con una expresión profunda y astuta—. Te diré lo que hay que hacer —continuó, al ver que el príncipe Andréi seguía sin responder—: Te diré lo que hay que hacer y lo que yo hago. Dans le doute, mon cher —hizo una pausa—, abstiens-toi —articuló el refrán francés pausadamente.
—Bien, adiós,