lema era «Paciencia y Tiempo», ese enemigo de la acción decisiva, libró la batalla de Borodinó, revistiendo sus preparativos de una solemnidad sin par. Ese Kutúzov que antes de que empezara la batalla de Austerlitz dijo que se perdería, él solo, en contradicción con todos los demás, declaró hasta su muerte que Borodinó había sido una victoria, a pesar de la seguridad de los generales de que la batalla estaba perdida y a pesar de que para un ejército tener que retirarse tras ganar una batalla era un hecho sin precedentes. Él solo durante toda la retirada insistió en que no debían librarse batallas que por entonces eran inútiles, y en que no debía comenzarse una nueva guerra ni cruzarse las fronteras de Rusia.
Es fácil ahora comprender la importancia de estos acontecimientos —con tal de que nos abstengamos de atribuir a la actividad de la masa unos fines que solo existían en la cabeza de una docena de individuos—, pues los acontecimientos y los resultados están ya ante nosotros.
Pero ¿cómo pudo ese viejo, solo, en contra de la opinión general, discernir con tanta fidelidad la importancia de la visión que el pueblo tenía de los acontecimientos, como para que en toda su actividad no le fuera infiel ni una sola vez?
La fuente de ese extraordinario poder de penetrar en el significado de los acontecimientos que entonces ocurrían residía en el sentimiento nacional que él poseía en toda su pureza y fuerza.
Solo el reconocimiento del hecho de que albergaba ese sentimiento hizo que el pueblo, de un modo tan extraño y en contra de los deseos del zar, lo eligiera a él —un anciano desfavorecido— para ser su representante en la guerra nacional.