y para lo cual dio la orden únicamente porque creía que se esperaba de él. Y recayó en aquel reino artificial de grandeza imaginaria, y de nuevo —como un caballo que camina sobre una rueda de molino cree que está haciendo algo por su propia cuenta— cumplió submisivamente el papel cruel, triste, sombrío e inhumano que le estaba predestinado.
Y no solo por aquel día y hora quedaron oscurecidas la mente y la conciencia de este hombre sobre quien recaía la responsabilidad de lo que estaba sucediendo más que sobre todos los demás que en ello participaron.
Jamás hasta el fin de su vida pudo comprender la bondad, la belleza o la verdad, ni el significado de sus acciones, que eran demasiado contrarias a la bondad y a la verdad, demasiado remotas de todo lo humano, para que jamás pudiera llegar a captar su sentido.
No podía desvincularse de sus acciones, ensalzadas como estaban por medio mundo, y por eso tuvo que repudiar la verdad, la bondad y toda humanidad.
No solo en aquel día, mientras cabalgaba sobre el campo de batalla cubierto de hombres muertos y mutilados (por su voluntad, según creía), calculó al mirarlos cuántos rusos había por cada francés y, engañándose a sí mismo, halló motivos para regocijarse en el cálculo de que había cinco rusos por cada francés.
No solo en aquel día escribió en una carta a París que «el campo de batalla fue magnífico», porque cincuenta mil cadáveres yacían allí, sino que incluso en la isla de Santa Elena, en la pacífica soledad donde dijo que tenía la intención de dedicar su tiempo libre a relatar las grandes hazañas que había realizado, escribió:
La