que estaba su padre con él. Berg disfrutaba evidentemente narrando todo aquello y no parecía sospechar que los demás también pudieran tener sus propios intereses. Pero todo lo que decía era tan bellamente comedido, y la ingenuidad de su egoísmo juvenil resultaba tan evidente, que desarmó a sus oyentes.
—Vaya, muchacho, tú saldrás adelante vayas a pie o a caballo, de eso respondo yo —dijo Shinschín, dándole una palmada en el hombro y bajando los pies del sofá.
Berg sonrió jubilosamente. El conde, seguido por sus invitados, pasó al salón.
Era justo el momento antes de una gran cena, cuando los invitados reunidos, a la espera del aviso para la zakúska, evitan entablar cualquier conversación larga, pero consideran necesario moverse y hablar para demostrar que no están en absoluto impacientes por la comida. El anfitrión y la anfitriona miran hacia la puerta y de vez en cuando se echan una ojeada el uno al otro, y los visitantes intentan adivinar por estas miradas a quién o a qué están esperando: algún pariente importante que aún no ha llegado, o un plato que todavía no está listo.
Pierre había llegado justo a la hora de comer y estaba sentado torpemente en medio de la sala de estar en la primera silla que había pillado, estorbando el paso a todo el mundo. La condesa intentó hacerle hablar, pero él seguía mirando ingenuamente a su alrededor a través de sus gafas, como si buscara a alguien, y respondía a todas sus preguntas con monosílabos. Estaba estorbando y era el único que no se daba cuenta. La mayoría de los invitados, que conocían el asunto