desorganizadas y aterrorizadas. Los generales las reagrupaban, pero sus efectivos disminuían constantemente. A mediodía, Murat envió a su ayudante a Napoleón para pedir refuerzos.
Napoleón estaba sentado al pie del montecillo, bebiendo ponche, cuando el ayudante de Murat llegó a galope tendido con la seguridad de que los rusos serían derrotados si Su Majestad le concedía otra división.
—¿Refuerzos? —dijo Napoleón con un tono de severa sorpresa, mirando al ayudante (un muchacho apuesto con largos rizos negros peinados al estilo del propio Murat) como si no comprendiera sus palabras.
«¡Refuerzos!», pensó Napoleón para sus adentros. «¿Cómo pueden necesitar refuerzos cuando ya tienen la mitad del ejército dirigido contra un ala rusa débil y sin trincheras?».
—Dile al rey de Nápoles —dijo con severidad— que aún no es mediodía y que todavía no veo bien mi tablero de ajedrez. ¡Vete! …
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