encontraban todos allí a la hora fijada.
Weyrother, que tenía el absoluto control de la batalla proyectada, presentaba por su entusiasmo y vivacidad un marcado contraste con el insatisfecho y somnoliento Kutúzov, quien desempeñaba a regañadientes el papel de moderador y presidente del consejo de guerra.
Weyrother se sentía evidentemente al frente de un movimiento que ya se había vuelto irretenible. Era como un caballo que descendía a galope tendido por una cuesta, atado a un carro pesado. No sabía si lo estaba tirando o si el carro lo empujaba, pero avanzaba a velocidad vertiginosa sin tiempo para considerar a qué podía conducir aquel movimiento.
Weyrother había ido dos veces esa misma tarde a la línea de puestos avanzados del enemigo para hacer un reconocimiento personal, y otras dos veces ante los emperadores, ruso y austriaco, para informar y explicar, y a su cuartel general, donde había dictado las disposiciones en alemán; y ahora, muy agotado, llegaba a casa de Kutúzov.
Evidentemente estaba tan ocupado que hasta se olvidó de ser educado con el comandante en jefe. Lo interrumpió, habló con rapidez y de forma confusa, sin mirar al hombre al que se dirigía, y no respondió a las preguntas que le hicieron. Estaba salpicado de lodo y tenía un aire patético, cansado y distraído, aunque al mismo tiempo era altivo y se mostraba seguro de sí mismo.
Kutúzov ocupaba la modesta casa solariega de un noble cerca de Ostralitz. En el gran salón, convertido en el despacho del comandante en jefe, se hallaban reunidos el propio Kutúzov, Weyrother y los miembros del consejo de guerra. Tomaban té y solo esperaban al príncipe Bagratión para dar comienzo al consejo. Por fin llegó